La corrupción universitaria es más vieja de lo que parece
"La lucha contra este fenómeno hay que darla, pero primero
examinando nuestro grado de responsabilidad, ya por acción o por
omisión"
Las
recientes marchas de los estudiantes contra la corrupción son
entendibles por el malestar que provoca el mal uso de los recursos
físicos o financieros por parte de los directivos universitarios, pero
no dejan de llamar la atención las paradojas y contradicciones que
aparecen cuando de luchar contra ese problema se trata. Lo primero para
recordar es que hablamos de un fenómeno muy viejo de nuestra historia
patria y que cada vez más viene afectando, a todas las instituciones de
este país. En segundo término, en el sistema universitario, la
corrupción no surgió este año, lo que pasa es que, como ha tenido tantas
formas de sobrevivir, las personas prefieren hacerse las desentendidas,
para no sufrir las consecuencias del control social que hay sobre los
sujetos que intentan destaparla.
Aunque las universidades
privadas se diferencian de las públicas porque son unidades de negocio,
juntas comparten el hecho de ser entidades estructuradas como entes
feudales, donde son las jerarquías de poder económico y nobiliario (con
títulos) las que, imponen su voluntad y en las cuales la democracia no
pasa de ser una consigna de buenas intenciones. Gracias a la ley treinta
en las universidades públicas los que mandan en los concejos superiores
son unas aristocracias conformadas por empresarios de apellidos de
alcurnia, delegados del gobierno nacional y sus fieles servidores de la
clase media, los politiqueros regionales y el profesorado. Dichas
aristocracias ponen los rectores-reyezuelos y se reparten los dineros
públicos en formatos de honores, contratos, convenios y otros
beneficios. Lamentable decirlo, pero para eso es que sirve la famosa
autonomía universitaria y no para tomar distancia del modelo de
educación que dictan los burócratas neoliberales del ministerio.
Luego vienen en un nivel inferior los
vicerrectores-príncipes de la administración y, aparte están, los
señores sabios de la mesa redonda del consejo académico haciendo el
coro. Más abajo se ubican las facultades donde los decanos ofician como
pequeños condes manejando en su condado, un presupuesto que les sirve
para manipular la clientela de sus fieles servidores, los profesores
temporalmente rasos, la masa de profesores eternamente temporales y a
los estudiantes que ofician de monitores.
Aunque he simplificado el orden
institucional lo que se quiere señalar es que el despilfarro, el tráfico
de influencias y de prebendas (como las becas, viajes, publicaciones,
comisiones de estudio, reconocimientos, asesorías, proyectos etc.), son
cosas que funcionan estructuralmente y frente a las cuales, nadie dice
nada, porque el respeto al poder es lo más sagrado. Asimismo nadie
quiere tropezarse con los intereses de los demás para no afectar de
pronto, sus propias posibilidades futuras de acceder a un cargo
directivo o a su parte del pastel.
Las universidades no están pensadas
para generar la igualdad social como predican muchos, pues básicamente
están conformadas por profesores y estudiantes que luchan por el ascenso
social y de los cuales muchos están dispuestos a hacer lo que sea
necesario para lograr ser reconocidos como integrantes del sector
dominado de la clase dominante y disfrutar de sus nuevos gustos
refinados. Es por esto que la mayoría de los profesores para mejorar los
ingresos y entrar a figurar como sacerdotes distinguidos de una parcela
del saber-poder, en los últimos años se han preocupado por escribir y
reescribir artículos, publicar informes de pacotilla de dudosos
proyectos de investigación y por montar microempresas grupales de
posgrados. Entre tanto, los pregrados se han hundido en la mediocridad
por no corresponder a las lógicas de nuestro tiempo que están regidas
por la rentabilidad económica, la competitividad tecno científica y las
mediciones de los “ranking” internacionales.
De otra parte están los trabajadores
que no se han quedado atrás, en eso de jalar de la piñata presupuestal y
están logrando prebendas que no tienen otros funcionarios del Estado.
Lo triste es que a pesar de ello no se les puede llamar la atención por
sus ineptitudes o falta de compromiso laboral, pues rápidamente corren a
escudarse en sus organizaciones sindicales.
De los vendedores informales, que
roban servicios públicos y ofrecen software pirata dentro de los campus,
participan democráticamente todos los de la comunidad universitaria,
sin que eso de fomentar la ilegalidad ruborice a alguno, mucho menos a
los entes de control del Estado, porque las personerías o contralorías
también están integradas por las mismas fichas de los politiqueros
regionales.
Y por último están los
estudiantes que inician su proceso formativo en ese sistema educativo
basado en la competitividad, aprendiendo, en consecuencia de las
prácticas del chancuco, el plagio y el pago de trabajos académicos, para
poder ser los primeros en lograr los reconocimientos, las becas y la
titulación que supuestamente les abrirá las puertas al mercado laboral.
De manera que marchar contra la
corrupción me resulta un tanto difícil sobre todo cuando uno se entera
que en los procesos de designación de rector, profesores, estudiantes,
politiqueros y el gobierno, sin ningún asomo de vergüenza, son las que
eligen y reeligen a las camarillas rectorales corruptas.
Por todo los argumentos
desarrollados, diríase que la lucha contra la corrupción hay que darla,
pero primero examinando nuestro grado de responsabilidad, ya por acción o
por omisión.
Por: cesar arturo castillo parra |
octubre 18, 2019
En: Vea el articulo en la-corrupcion-universitaria-es-mas-vieja-de-lo-que-parece/
No hay comentarios:
Publicar un comentario